Un vino y seguimos ruta

Esta historia paso cierta vez cuando con un amigo estábamos organizando una juntada y nos fuimos a recorrer el camino que haríamos. Queríamos cronomtrarlo, ver las paradas y atractivos que tendríamos.

Era de tierra y creo que ni nombre tiene, y sobre esto no hay mucho más para contar. Paisajes típicos de campo, la pampa húmeda en su esplendor. Calor como para secar uvas y un polvo de esos que se meten dentro de las medias.

El verano estaba cerca y ya se sentía con fuerza. Íbamos despacio por desconocer el camino, los mapas no ayudaban mucho.

A las perdidas nos cruzábamos con algún auto o moto que venía en sentido contrario. Pero no mucho más que eso, muy solitario todo.

Transitábamos paralelos a las vías del tren que nos acompañaron por kilómetros. Al doblar en un paso a nivel por fin hicimos un cambio en la rutina poniéndolas del otro lado, cuando terminamos la maniobra nos dimos de lleno con una reunión campestre.

Mucho gaucho a caballo vistiendo todo su atuendo, incluido sus rastras con monedas. Difícil determinar quién sacaba más pecho, si el animal o el jinete. Puro orgullo esa gente.

A los costados estaban los gauchos modernos. Esos que visten como tales pero andan en camioneta, van con a la familia y hasta al perro llevan.

El encuentro resulto ser una carrera de sortija. En el campo al lado del camino se ponían de a tres y largaban a todo galope hasta un arco que cruzaba la recta de varios cientos de metros, allá a lo lejos.

Al fin algo para contar me dije, me acerque despacio para mirar mejor.

No sabía cómo los matungos iban a reaccionar si les pasaba una moto cerca. Estaban por todos lados y nosotros íbamos entre las patas. Despacito y atentos, sobre todo a la mirada del paisanaje.

Si algo quedaba desubicado en ese lugar era una moto con sus tripulantes vestidos como astronautas con todas las protecciones y sudando la gota gorda.

Al final no supe si las miradas eran de asombro, de reprobación o si simplemente no veían nada por tanto polvo que levantaban las carreras.

Donde pude estacione la moto y nos fuimos a caminar por la fiesta. Había de todo: puestos que vendían productos tradicionales y otros que también vendían productos tradicionales pero de china (esos desentonaban aún más que nosotros).

Me acerco a la meta de la carrera para mirar mejor. Los concursantes pasaban a todo galope, el gauchaje aplaudía o se lamentaba la suerte de los participantes. Tal vez hubieran hecho alguna apuesta.

Del travesaño del arco colgaban 3 argollas que a mi gusto eran demasiado pequeñas. Cuando pasaban los corredores era imposible ver si la embocaban o no. Solo por el clamor de la gente sabía el resultado.

Me aleje de ahí pensando que la inmensidad del campo hace la vista se afine, o que todos aplaudían para no sincerarse y decir que no veían un carajo.

Seguí caminando y explorando un poco más. Hacia el fondo estaban las parrillas, los asados haciéndose despacito y al costado los tablones que servían de mostrador. Allí se pedía la carne con el vino o la gaseosa.

¡Eso me tentó! Aunque uno esté lleno el olor de los chorizos entusiasma a cualquiera, nosotros veníamos famélicos. Cuando quise proponerle a mi amigo un almuerzo en toda regla me percato que no estaba con nosotros.

Hago memoria y descubro que hace rato que no lo veíamos.

¿Dónde se había metido? ¿Qué le paso?

Deshago mi camino buscándolo y lo encuentro en la entrada del predio. Ahí estaba él, mirando la moto con una cara de esas que hacen que las viejas comiencen a santiguarse. Algún velorio de seguro habría.

Al acercarme me comenta que había pinchado la rueda trasera y su ánimo estaba por el piso.

Tres situaciones jugaban en su contra: no había ninguna gomería cerca; No traía herramientas, mucho menos parches y la moto no tenía caballete.

Con esa situación ya estaba para que le tachen la doble generala.

 – Espera que voy a buscar la moto, le dije.

Otra vez a circular entre los caballos aunque ahora más acostumbrado, lo que me preocupaba era la bosta que había por todos lados.

Al llegar estacione a su lado, saque las herramientas y los parches listo para la reparación.

El problema era levantar la moto. Algunos le ponen el casco o en su defecto el top-case para hacerlo, pero yo ni de chiste rayo esos elementos.

Preferí ponerme a caminar para ver que encontraba. Así lo hice, primero fui para acá y después para allá, mirando atentamente como buscando plata en el piso.

A los pocos metros vi algo que nos podía servir: ¡una botella de vino!

La pusimos del lado derecho de la moto, debajo del horquillón. De esta manera la rueda quedo suspendida, pudimos sacarla y arreglar todo.

Cuando estábamos listos a partir me dio pena revolearla a los yuyos, lo sentía como una traición a nuestra salvadora que tanta ayuda había brindado, preferí dejarla tranquila al borde del camino.

Quien te dice que hoy en esa curva no haya un santuario de la Difunta Correa.

firma

 

 

 

PD: Lamento amigos haber perdido los videos y fotos de esta aventura, tal vez mañana aparezcan entre los que tengo guardado.

 

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