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Haciendo fuego con leña mojada

Lo que voy a contarte es una de las historias de mi primer viaje. Fue hacia el sur y hace casi 25 años.

En esa época la Patagonia era realmente inhóspita. En su mayoría las rutas eran de ripio y muy peligrosas. La que más recuerdo era la ruta 40 donde unía Bariloche con El Bolsón y pasaba por el Cañadón de la Mosca.

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Tan inaccesible que cuando algún vehículo se desbarrancaba allá quedaba, era un cementerio de autos y colectivos oxidados marcando lo peligroso del camino.

Lo que quiero relatarte sucedió un poco más allá, en el Parque Nacional Los Alerces. Cerca de la ciudad de Esquel, a orillas del Lago Futalaufken.

Fue un viaje dividido en 3 etapas. Esquel – Bariloche, Bariloche – Los siete lagos y Parque Nacional  Lanin. Cada uno duro un mes y si por último el tiempo no hubiera desmejorado tanto tal vez todavía estaría allá.

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Una aventura realmente salvaje, la civilización casi no había llegado y los lugares de aprovisionamiento estaban muy lejos.

Mi mejor recuerdo era parar en los ranchos que encontraba en el camino y comprarles pan. Un pan de campo único, hechos tal vez en hornos de barro y con grasa de vaya a saber que animal. Nunca volví a comer panes tan ricos.

La escasez de comida se solucionaba pescando en los lagos. Eran un manjar las truchas a la parrilla sazonadas con desesperación.

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Toda la vida y supervivencia pasaba por el fuego. Con él se calentaba el agua para los fideos o el arroz, también preparaba el mate que disimulaba el hambre.

Por las noches su calor no solo cocinaba la comida,  además invitaba a los viajeros a sumarse al fogón. Se intercambiaban historias o si aparecía una guitarra se cantaba el repertorio completo de Sui Generis o la canción de Víctor Jara, “a desalambrar”.

Eran épocas muy revolucionarias con la democracia recién inaugurada. Nos sentíamos subversivos allá en las montañas pero duraba mientras los leños crepitaban.

Por la mañana todo volvía a la normalidad. Con un ritmo suave nos aseábamos con agua helada… a veces. Preparábamos mate y si había otros acampantes tal vez juntaran sus cosas para seguir su destino. Por mi parte me quedaba un buen tiempo en cada lugar.

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Una noche el fogón termino rápido ya que el tiempo estaba desmejorando mucho. Como allá no se dice una cosa por otra a la madrugada se largó una lluvia de esas que te imaginas que nunca terminaran.

Lo hizo por la mañana, al salir de la carpa todo estaba mojado. Yo no, ¡pero todo lo demás sí!

Me preguntaba como prepararía el desayuno o qué almorzaría, era evidente que no podría hacer fuego estando toda la leña mojada.

En este punto del relato me veo en la obligación de aclarar que nunca fui partidario de llevar un calentador de esos con garrafitas de gas. No tengo otra razón más allá de mi testarudez.

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El maestro Olmedo dijo esta frase brillante: “si lo vamos a hacer lo hacemos bien”. Entonces si íbamos a la aventura lo hacíamos en toda regla: a pura supervivencia.

Si no podía hacer fuego realmente estaba en un problema. Una opción era desarmar todo e irme a otro lugar donde no hubiera llovido, tal vez a muchos kilómetros de ese parque. Como no quería dejar ese lugar fantástico decidí hacer fuego como fuera.

Puse manos a la obra. Lo primero fue seleccionar y clasificar ramitas pequeñas. Luego hacer un montoncito de unas más gruesas. Después otro para ramas y finalmente uno de leña.

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El segundo paso fue agarrar las más finitas y secarlas con el encendedor, de a una. Como tenía muchas el trabajo fue arduo.

Cuando tuve una buena cantidad empecé un fueguito muy tímido, con este me puse a secar las de mayor tamaño.

Este ciclo lo estuve repitiendo hasta llegar a los leños y que estos al final agarraran fuego. Uno muy débil y que casi no producía calor. Pero fuego al fin.

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Todo el trabajo me llevo la mañana completa. Fue una tarea tediosa pero no tenía otra cosa por hacer. Cuando finalmente la tarea estuvo concluida y el fuego encendido me sentí orgulloso de mi logro. Hasta el día de hoy recuerdo haber pensado: si puedo hacer fuego con leña mojada, ¿qué no podré hacer?

Este pensamiento es uno de los que estructuraron mi personalidad, al sentir que la tarea era imposible pero con garra pude realizarla.

Hace un par de años contando esta anécdota a un grupo de amigos me di cuenta de un dato muy importante pero que lo había pasado totalmente por alto: al lado tenía una moto con un tanque lleno de nafta que podría haberme facilitado mucho las cosas.

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Comprendí la diferencia entre la juventud y la adultez: el joven no piensa mucho y arremete, consigue las cosas a fuerza de voluntad. En cambio el adulto antes de actuar razona todas las posibilidades para elegir la más viable. Obtiene lo mismo pero sin tanto esfuerzo.

Hoy en día sigo acampando esperando encontrarme con que la leña esté mojada o algún nuevo desafío que comprometa mi pensar.firma

 

 

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Un vino y seguimos ruta

Esta historia paso cierta vez cuando con un amigo estábamos organizando una juntada y nos fuimos a recorrer el camino que haríamos. Queríamos cronomtrarlo, ver las paradas y atractivos que tendríamos.

Era de tierra y creo que ni nombre tiene, y sobre esto no hay mucho más para contar. Paisajes típicos de campo, la pampa húmeda en su esplendor. Calor como para secar uvas y un polvo de esos que se meten dentro de las medias.

El verano estaba cerca y ya se sentía con fuerza. Íbamos despacio por desconocer el camino, los mapas no ayudaban mucho.

A las perdidas nos cruzábamos con algún auto o moto que venía en sentido contrario. Pero no mucho más que eso, muy solitario todo.

Transitábamos paralelos a las vías del tren que nos acompañaron por kilómetros. Al doblar en un paso a nivel por fin hicimos un cambio en la rutina poniéndolas del otro lado, cuando terminamos la maniobra nos dimos de lleno con una reunión campestre.

Mucho gaucho a caballo vistiendo todo su atuendo, incluido sus rastras con monedas. Difícil determinar quién sacaba más pecho, si el animal o el jinete. Puro orgullo esa gente.

A los costados estaban los gauchos modernos. Esos que visten como tales pero andan en camioneta, van con a la familia y hasta al perro llevan.

El encuentro resulto ser una carrera de sortija. En el campo al lado del camino se ponían de a tres y largaban a todo galope hasta un arco que cruzaba la recta de varios cientos de metros, allá a lo lejos.

Al fin algo para contar me dije, me acerque despacio para mirar mejor.

No sabía cómo los matungos iban a reaccionar si les pasaba una moto cerca. Estaban por todos lados y nosotros íbamos entre las patas. Despacito y atentos, sobre todo a la mirada del paisanaje.

Si algo quedaba desubicado en ese lugar era una moto con sus tripulantes vestidos como astronautas con todas las protecciones y sudando la gota gorda.

Al final no supe si las miradas eran de asombro, de reprobación o si simplemente no veían nada por tanto polvo que levantaban las carreras.

Donde pude estacione la moto y nos fuimos a caminar por la fiesta. Había de todo: puestos que vendían productos tradicionales y otros que también vendían productos tradicionales pero de china (esos desentonaban aún más que nosotros).

Me acerco a la meta de la carrera para mirar mejor. Los concursantes pasaban a todo galope, el gauchaje aplaudía o se lamentaba la suerte de los participantes. Tal vez hubieran hecho alguna apuesta.

Del travesaño del arco colgaban 3 argollas que a mi gusto eran demasiado pequeñas. Cuando pasaban los corredores era imposible ver si la embocaban o no. Solo por el clamor de la gente sabía el resultado.

Me aleje de ahí pensando que la inmensidad del campo hace la vista se afine, o que todos aplaudían para no sincerarse y decir que no veían un carajo.

Seguí caminando y explorando un poco más. Hacia el fondo estaban las parrillas, los asados haciéndose despacito y al costado los tablones que servían de mostrador. Allí se pedía la carne con el vino o la gaseosa.

¡Eso me tentó! Aunque uno esté lleno el olor de los chorizos entusiasma a cualquiera, nosotros veníamos famélicos. Cuando quise proponerle a mi amigo un almuerzo en toda regla me percato que no estaba con nosotros.

Hago memoria y descubro que hace rato que no lo veíamos.

¿Dónde se había metido? ¿Qué le paso?

Deshago mi camino buscándolo y lo encuentro en la entrada del predio. Ahí estaba él, mirando la moto con una cara de esas que hacen que las viejas comiencen a santiguarse. Algún velorio de seguro habría.

Al acercarme me comenta que había pinchado la rueda trasera y su ánimo estaba por el piso.

Tres situaciones jugaban en su contra: no había ninguna gomería cerca; No traía herramientas, mucho menos parches y la moto no tenía caballete.

Con esa situación ya estaba para que le tachen la doble generala.

 – Espera que voy a buscar la moto, le dije.

Otra vez a circular entre los caballos aunque ahora más acostumbrado, lo que me preocupaba era la bosta que había por todos lados.

Al llegar estacione a su lado, saque las herramientas y los parches listo para la reparación.

El problema era levantar la moto. Algunos le ponen el casco o en su defecto el top-case para hacerlo, pero yo ni de chiste rayo esos elementos.

Preferí ponerme a caminar para ver que encontraba. Así lo hice, primero fui para acá y después para allá, mirando atentamente como buscando plata en el piso.

A los pocos metros vi algo que nos podía servir: ¡una botella de vino!

La pusimos del lado derecho de la moto, debajo del horquillón. De esta manera la rueda quedo suspendida, pudimos sacarla y arreglar todo.

Cuando estábamos listos a partir me dio pena revolearla a los yuyos, lo sentía como una traición a nuestra salvadora que tanta ayuda había brindado, preferí dejarla tranquila al borde del camino.

Quien te dice que hoy en esa curva no haya un santuario de la Difunta Correa.

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PD: Lamento amigos haber perdido los videos y fotos de esta aventura, tal vez mañana aparezcan entre los que tengo guardado.

 

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Muerte en el Paso Pehuenche

Lo que voy a contar sucedió y tratare de relatarlo tan exactamente como mi memoria lo permita. La historia comenzó unos días después del recién inaugurado 2015.

Cada vez que emprendo un viaje lo hago con un rumbo pero sin un destino. Aquella vez se me ocurrió enfilar para Mendoza y recorrer esa provincia, pero la vida tenía otros planes para mí.

El viaje fue muy lento ya que iba en una moto Brava Altino 150 cc. No me importaba porque paseaba y no tenía apuro. Cuando llegue a la provincia de Córdoba todo cambio.

Hacia el Oeste y el Sur comenzó a formarse un frente de tormenta con unas nubes muy preocupantes. A medida que avanzaba hacia mi destino el pronóstico se ponía cada vez más complicado.

En el camino conocí a otro motero que ruteaba a la misma velocidad, hicimos los últimos kilómetros acompañándonos y compartiendo cosas. Él viajaba justamente a la ciudad de Mendoza donde residía.

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Me invito a su casa, aproveche para conectarme a internet y revisar el pronóstico del tiempo para la zona, las malas noticias se acumulaban como boletas impagas. Mirara para donde mirara había cinco días de lluvias intensas como mínimo.

Me preguntaba qué haría con tanta agua sobre mí, recorriendo paisajes agrestes y caminos de ripio. De tanto mirar el mapa me fijo en Chile y cuando le comente a mi anfitrión sobre ese posible destino me contesto:

– ¡Ha no! Chile es otro mundo, son climas totalmente distintos.

El pronóstico informaba que todos los días serían de pleno sol. Sin pensarlo mucho me fui para allá, totalmente improvisado y desconociendo absolutamente su geografía.

Así conocí el paso libertadores, una maravilla esa ruta, descendiendo en curvas y contracurvas interminables.

Me encanto hacerlas pero un pensamiento se iba afianzando: “Con esta moto por acá no subo”, entonces mi paseo por el país vecino fue siempre con rumbo hacia el sur, buscando algún paso más bajo para volver.

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Después de muchos días de pasear y conocer llegue a la ciudad de Talca, era hora de torcer el camino y poner rumbo hacia el Este, retornar a la Argentina por el paso llamado Pehuenche que tiene una altitud de 2.500m aproximadamente. Me había ahorrado unos 700m con respecto al anterior.

Nunca tuve en cuenta el tipo de camino ni el transito que tendría, el único interés era que fuera lo suficientemente bajo y sin una pendiente pronunciada para que pudiera cruzarlo con mi pequeña moto.

Desde la ciudad chilena hay unos 150km hasta el paso, unos 250 km hasta el primer pueblo en Argentina y 300 km a Malargüe. Salí al medio día pensando que iría bien con el tiempo considerando las distancias.

Ese fue mi primer error, confiarme.

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El camino era muy lindo, franqueado por árboles. Lleno de fincas. De a poco se fue elevando y poniendo más agreste. El paisaje mejoraba pero el entorno se hacía cada vez más solitario.

Pase la Aduana de Chile haciendo todos los trámites con apuros ya que se hacía tarde y tal vez no llegara a la Argentina. Estaba haciendo bastante frio y el sol ya no se veía, todo lo empeoraba un viento helado que soplaba de costado.

En el punto más alto de la cordillera, o sea, en el hito fronterizo donde están los carteles de bienvenida a cada país pare a sacar unas fotos. Tal era la fuerza que tenía el viento que no me anime a bajarme de la moto por miedo a que la tirara.

Opte por apoyar un pie a cada lado y desde esa posición realizar las tomas. Cuando tuve las suficientes decidí continuar mi camino, puse primera y arranque.

La ruta estaba en muy buenas condiciones y permitían tomar velocidad así que puse segunda, puse tercera, todo iba muy bien hasta cuando quise poner la cuarta…

¡En ese momento morí en medio de la cordillera!

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La palanca colgaba inerte, totalmente imposible de poner los cambios. Tuve que parar de a poco y al borde del camino detenerme, bajarme a pesar del viento que soplaba.

Al examinar el problema me di cuenta que faltaba la tuerca que unía las palancas que accionaban el sistema, sin ella era lo mismo que la moto no tuviera motor.

La desesperación comenzó a apoderarse de mí, entendí la expresión “se me lleno el culo de preguntas”. Tal vez te parezca un poco fuerte pero es lo que más se ajusta al sentimiento del momento.

Se me venían miles de preguntas e ideas a la cabeza, todas al mismo tiempo. Sabía perfectamente que esa tuerca no formaba parte de mis repuestos y que la moto no contaba con otra de ese tipo que pudiera sacar y utilizar.

¡Estaba muerto! ¡Hasta acá llegó Picasso!, me decía.

Un paraje totalmente solitario, oscurecía cada vez más rápido y el frío se estaba haciendo intolerable. No sabía qué hacer y era lo más alarmante.

Por no enloquecer me puse a caminar por la ruta con la esperanza que la tuerca brillara y pudiera encontrarla, cosa muy difícil ya que no había sol. Pero ante la desesperación cualquier esperanza sirve, ¿no?

Desde que había parado en el límite hasta que me percate de la situación habían pasado solo un par de kilómetros, no era tanto.

Dios no le dará un problema a quien no tenga la solución, me decía. Solo tengo que encontrarla.

A medida que caminaba me fui tranquilizando porque “algo” estaba haciendo. Nuevamente hice un inventario mental de los repuestos que llevaba por si alguno serviría y tal vez se me había pasado por alto.

Fue así que recordé cuando a la mañana, en una parada al costado del camino, mientras estiraba las piernas y me relajaba un poco había encontrado un alambre que me llamo la atención por lo finito y brillante que era. Había decidido guardármelo y estaba hecho un bollito en el bolsillo de la campera que llevaba.

¡Tenía una solución! Volví emocionado a la moto, tome mis herramientas y con ellas hice una “tuerca” con un alambre grueso. Como no estaba seguro que aguantara hasta la ciudad, con el alambre brillante hice una “contra tuerca”.

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De esta manera pude continuar camino y llegar hasta Malargüe en la provincia de Mendoza, donde hice noche. Al día siguiente compre dos tuercas por las dudas, no quería otro susto como el anterior.

Sigo pensando que la “reparación” hubiera aguantado un tiempo muy largo. De la aventura aprendí a llevar algunas tuercas y tornillos en mis viajes.

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Detalles del recorrido de ese viaje clik ACA.

Galería de fotos del viaje: PARTE 1PARTE 2

 

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Fuí en moto y volví caminando.

Acá voy en un micro de línea. Todo vestido para la ruta: campera y pantalón con protecciones, botas para moto, ropa térmica. Equipo completo. Solo falta que me ponga el casco y ahí si mi vecino se caga de risa. Bastante esfuerzo hace para mantener la cara de seriedad ante lo ridículo que me veo así en colectivo.

Te preguntarás porqué estoy en esta situación, es fácil de responder: ¡Una tragedia!, tuve que dejar a Jade (así se llama mi moto JAWA-RVM Tekken 250) en un taller y volverme caminando.

Así estoy, muerto de calor y comenzando a despedir ese olorcito a oso encerrado tan característico. Ahora que lo pienso me pregunto si mi acompañante está aguantando la risa o el olor. Creo que mi compañero de viaje durará poco. Mejor caminar respirando aire puro que soportar esto.

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Hablando de caminar, con esto de hacerlo me di cuenta que cuando mi suegra me dice que tengo que hacer ejercicios porque ya se me nota mucho la panza tiene razón. Yo pensé que me lo decía de jodida que es nomas.

El caso es que una vez fui a un gimnasio de pesas y me anote. Ahí nomas empecé a levantar… a levantar quiniela. El físico no mejoro pero el bolsillo si. Chiste fácil para hacer más llevadero esto de andar de peatón por la vida.

Al final no te conté porque deje a Jade. Tranquilo, anda perfectamente, un lujo. Lleva 25.000 km y ni un pinchazo. Entonces como no gasto plata en repararla la gasto en accesorios.

Pregunte quien era el que mejor hacía defensas para motos y la respuesta fue unánime: Escapes Esteban. Listo, me contacte con él y concertamos una entrevista. Hablamos de diseños para la Tekken.

Nos imaginamos distintas formas y esta bueno eso de jugar con un cable grueso de electricidad. No el de las casas sino el de las calles. Son duros y flexibles a la vez. Le vas dando forma y jugando con el diseño y claro está, hay que meterle un poco de imaginación para tratar de ver cómo quedará finalmente.

Con Esteban, o Patricio, así lo llaman algunos (tal vez tenga un alter ego). Quedamos que le traería a Jade y que a la semana la tendría lista. Aproveche la volada para pedirle unos anclajes nuevos ya que también le cambio los baúles laterales. En el último viaje estuve pensando mucho en eso y me comprometí a rever las cosas que llevo conmigo.

Nuevamente averigüe por las opciones y algunos se deliran con marcas que salen más caras que la moto. Mirándolas bien no dan mucho más que eso: una marca sin una diferencia apreciable en el producto que justifique tamaño robo.

La cosa se pone peor cuando buscas baúles de aluminio. Preguntando descubrí los de la marca Ronlaiver, que además desarrollo unos específicos para la Tekken. En el caso de Jade son negros con tapas verdes.

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la cara lo dice todo, ¿no?

Los baúles están buenísimos. Muy bien construidos y diseñados. Son aerodinámicos y de un plástico muy grueso. Tienen unos desniveles que le dan más firmeza a la estructura. También vienen con una manija para el trasporte. Lo mejor de todo: su sistema de cierre. Una cerradura que hay que hacerle una par de movimientos para abrirla, lo que me asegura que no se abrirá accidentalmente durante un viaje.

En este tema de reducir el bulto que llevo como top-case tenía que reubicar donde llevaría los bidones de nafta y agua, ya que no viajo sin ellos. Nunca los necesite para mí, pero si les han servido a otros viajeros.

Entonces ahora Jade llevará detrás de los baúles otro accesorio de Ronlaiver: un soporte para el  bidón de gasolina. La construcción es muy segura y le quedan geniales a la moto. No tengo que andar metiéndole “stikers” de todos los lugares donde anduvimos para mostrarla como una moto viajada. Con esto sólo ya dice que ha recorrido muchas rutas.

El tema del agua lo voy a solucionar con un accesorio de otro proveedor. Son unos soportes para botellas o termos muy interesantes. Los tengo que ir a buscar a Santa Fe.

No veo la hora de tenerla toda armada y sacarle fotos para mostrártela. La Tekken de serie se roba todas las miradas (los que la tienen no me dejarán mentir en algo así). Imagínatela con todos los accesorios y lista para el viaje. Además la defensa la pedí en color amarillo oro, bien farolera. Que le voy a hacer si así me gusta y es mi moto.

TITO

Acá vamos, volviendo a San Pedro en un colectivo muy lento. Con acompañantes que se cambian regularmente. Llevo conmigo dos ansias a cuestas. La primera es para que me devuelvan a Jade. La segunda es verla como quedó.

La semana que viene les cuento. Hasta entonces.

Buenas rutas y suaves vientos.firma

 

 

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El cuerito

La historia es más o menos así…

Desde siempre quise un cuero de corderito para el asiento de la moto. Sabía que era bueno para los viajes largos: si los gauchos lo usaban por algo sería.

En un viaje al sur, pasando Neuquén, en una chacra al lado del camino llena de ovejas, me dije: ¡Acá es el lugar!

Pare, aplaudí como quien ve un espectáculo y de tanto hacerlo apareció el “gringo” (gaucho para los citadinos).

Después de mucho “chamuyarlo” terminó dándome el corderito que usaba en su caballo. Era precioso, tan blando como una tela. Muy bien curtido.

Así seguí viaje, orgulloso de mi nuevo trofeo, lo más preciado en mi equipo de moto.

Llegué al Lago Nahuel Huapi y acampé en medio de la montaña, cerca del paso Samoré, por el lado Argentino. En un lugar llamado Brazo Rincón.

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Estando el campamento armado, con el fogón listo para calentar el agua del mate, me pongo a conversar con un lugareño. En mala hora se me ocurre indagarlo si conocía sobre caballos y monturas. “Por supuesto, faltaba más”, dijo alejándose de la humildad como buen argentino.

Le pregunté sobre los cuidados que tenía que darle a mi nuevo tesoro. Que lo lavara con jabón neutro, lo dejara secar y listo. ¡Cómo nuevo!, me respondió.

De más está decir que fue lo primero que hice cuando llegué a casa, desarme la moto, lave y puse a secar el corderito según las instrucciones.

Pasaban los días y no se secaba, opte por ponerlo al sol. Alguna equivocación cometí ya que finalmente se pudrió y no sirvió más. La cagué como el mejor.

Para hacerla corta diré que al año siguiente, en un nuevo viaje fui para Chile. Como estaba con ganas de rutear seguí para Brasil. A veces el GPS se desconfigura y termino en cualquier lado.

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3000 km más adelante, cuando voy llegando a la ciudad de Pelotas, muy oportunamente se me empieza a paspar lo que está al detrás de las mismas.

En la desesperación pensé que podría solucionarlo con un corderito. Allí empezaron mis desventuras.

Primero comprar un diccionario para traducir y luego pronunciar “cuero de oveja”, algo así como “couro de ovelha“. Muy graciosa la cara que ponían los brasucas cuando trataba de pronunciar eso en “portugués”. Lástima que mi dolor de posaderas no me dejara disfrutar del momento.

Insistiendo durante días, en diferentes lugares, al fin consigo el famoso cuero… ¡pero era cuero! Yo lo quería con la lana.

– haaaaa, me dijeron, entonces usted busca “Lã de ovelha” (lo pronuncian: “laaa de ovela”, arrastrando la “a” o algo por el estilo).

Ahí vamos de nuevo por la ciudad, emitiendo sonidos que nadie entiende. Hasta que en un pueblito, en una “agropecuaria”, lo  consigo.

Pero el daño ya estaba hecho, tenía las posaderas a la miseria y sentarme en la moto era un suplicio. Entonces se me ocurre una solución mágica: MAIZENA

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¡Otra vez a traducir y pronunciar eso! Ahora es divertido, pero en ese momento era para matar a alguien.

Por fin la encontré en un almacencito que atendía una viejita muy amable, después de muchas muecas y señas pude hacerme entender. Todavía me pregunto cómo lo hice.

Allá andaba yo, parando en cada estación de servicio y desgraciándome en el baño poniéndome “almidón de maíz”. Todo blanco quedaba: mi culo, los pantalones, la remera, el piso, ¡todo!

Con eso más o menos la fui llevando. Si bien no curaba al menos no empeoraba.

Un buen día decido volver para Argentina y cruzo la frontera, todo bien, como por un tubo. Cuando ya estaba en la soledad de la ruta, con todo el tiempo para pensar, me doy cuenta que pase por dos destacamentos fronterizos con UN KILO DE POLVITO BLANCO en mi riñonera.

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De buen quilombo me salvo mi buena suerte, sino, hasta que viniera el perito y constatara que el polvito era inofensivo… mejor no pensar en que nuevo lío me hubiera metido.

Hoy todo eso está solucionado. Tengo un cuerito espectacular que ni en pedo lavo, oloroso y mugriento, pero sano.

Fin (de esta historia)

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Si quieres conocer donde sucedió la historia ACA.
Para encontrar más información sobre el mismo ACA.

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