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Poeta en motocicleta: Cómo me decidí a hacerlo

Dedicado a Fernando que hacía tanto que no le escribía. Y a todos los amigos que andan en moto por la vida.

Me acuerdo que estaba en la casa de unos amigos y fui a buscar algo afuera. Cuando salí al patio, vi la jaula del canario colgada en la rama de la higuera, como siempre. Pero la puertita estaba abierta. Me frené y empecé a mirar. Ahí, a unos 3 metros míos estaba el canario picoteando en el pasto. Me quedé quieto pensando cómo atraparlo sin que se volara. Y empecé a avanzar muy despacio. Pero el canario se dio cuenta y voló.

Voló y volvió a su jaula… Yo no lo podía creer. Mientras cerraba la puertita de la jaula, pensaba… Es increíble pero yo soy igual, igual a este pajarito.

Esto pasó hace algunos años pero me sirvió para darme cuenta que los últimos 15 años de mi vida se me fueron volando. Y yo seguía volviendo al mismo lugar, a mi libertad en cautiverio. Y no era feliz. Porque no podés ser feliz cuando seguís encerrado en vos mismo. En tus propios miedos. En tus incertidumbres. En tu jaula de carne y hueso.

Mi jaula de todos los días empezó a quedarme cada vez más pequeña cuando una idea empezó a hacerse cada vez más grande en mi. Siempre había pensado en ir a Machu Pichu, pero… ¿si en vez de hacer un viaje que me llevara a Machu Pichu, iniciaba un viaje que me llevara hasta mi? ¿Pero dónde queda eso? Bueno, eso es lo que quería descubrir. Dejaría de vivir como vivía, me despojaría de las cosas e iría a encontrarme con lo más simple en el camino.

Si te anda pasando algo parecido te vas a dar cuenta porque los síntomas son mucha incertidumbre, un poco de miedo y unas ganas locas de hacerlo.

Algo se rebelaba en mi. El poeta por primera vez se enfrentaba con Rodrigo. Le mostraba su desacuerdo por la forma en la que había vivido. Pero esta vez no sería cómplice de su infelicidad. Ese, el poeta que hay en mi, fue el primero que salió de la jaula y lo vió ahí a Rodrigo, mirando todavía desde la puertita abierta. Pero no lo dejó solo, se volvió, lo agarró fuerte y se lo llevó. Se lo llevó afuera para empezar este nuevo camino.

Cuando tomás una decisión así, el primer paso que das no es decidirte a hacerlo, el primer paso que das es ser sincero con vos mismo. Te aseguro que entre lo que sentimos y lo que pensamos existe un abismo inmenso del que solo nos puede salvar la sinceridad. Porque vas a dudar una y mil veces, y solo vas a resolverlo haciéndole caso a la sinceridad de lo que querés ser, frente a todas las razones para no serlo.

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Adalberto

Mis historias son de carne y hueso, como Adalberto. Me acuerdo que nos encontramos en una gasolinera por las rutas de Jujuy. Con los moteros pasa eso que dijo Cortázar… no andamos para buscarnos, andamos para encontrarnos.

Me reí mucho pero muchísimo. Su cercanía y sus ganas de acercarse te llevan al abrazo inevitable con Adalberto. Y ahí todo se hace humano y nace una historia de carne y hueso. Él iba para el sur y yo todavía no sabía que estaba yendo a enamorarme de Salta.

Deben haber pasado como seis meses y miles de kilómetros. Yo ahora venía de la Patagonia. Fueron dos días de frío y dos días de lluvia. Llegué a la tardecita y ahí estaba Adalberto, sonriendo y con sus brazos abiertos. Me dio la bienvenida con los versos de Machado y la canción de Serrat… caminante no hay camino, se hace camino al andar… Y me abrazó. Y a mi se me pasó el frío y se me fue la lluvia.

En Argerich, conocí el almacén de la ruta, el vivero, la iglesia y la biblioteca. Tomé mates uruguayos y volví a ver dos veces el tren.

Estuve en el árbol donde cuenta la historia que el poeta nicaragüense Rubén Darío escribió uno de sus últimos poemas.

Hice tantos amigos que no puedo dejar de pensar que la mejor frazada para un viajero son todos los abrazos que te dan.

En Argerich llovió una tarde y me puse a escribir una historia que traía desde lejos… Una historia que andaba buscando su lugar.